«Lo que comenzó como un ensayo en Venezuela en 2019 se ha convertido en una estrategia de presión múltiple contra Brasil en 2026. ¿Estamos ante el preludio de un nuevo orden en Sudamérica?»
Por Ramiro Carlos H. Caggiano Blanco
La secuencia de eventos que se ha desplegado en América Latina durante 2026 no puede entenderse sin mirar el espejo de 2019. Lo que entonces fue un ensayo de presión sobre el gobierno de Nicolás Maduro —con camiones de ayuda humanitaria bloqueados, conciertos en la frontera colombo-venezolana y planes militares como el denominado «Plan Puma» de Argentina— ha encontrado ahora una nueva expresión, con un guion similar pero un objetivo diferente: Brasil y su presidente Luiz Inácio Lula da Silva.
La diferencia clave es que el desenlace del guion venezolano ya se conoce: el 3 de enero de 2026, una operación militar estadounidense capturó a Maduro en Caracas, instalando un gobierno de tutela bajo control de Washington. Ese precedente, sumado al contexto de tensión diplomática entre Brasil y Estados Unidos, da sentido a los movimientos militares y diplomáticos de esta semana.
1. Antecedente: Venezuela, el «Plan Puma» y la caída de Maduro
En 2019, el gobierno de Mauricio Macri en Argentina, en coordinación con Estados Unidos y otros países de la región, elaboró un plan militar denominado «Plan Puma», que contemplaba escenarios de intervención en Venezuela entre abril y julio de ese año, al mando del general Juan Martín Paleo. Este plan coincidió con la crisis humanitaria de febrero de 2019, cuando el «gobierno interino» (o fantasma) de Juan Guaidó intentó forzar la entrada de ayuda humanitaria a Venezuela, con conciertos en la frontera como el «Venezuela Aid Live» (que incluyó a Diego Torres y José Luis «El Puma» Rodríguez) y el bloqueo de los camiones provenientes de Brasil por parte de las fuerzas de Maduro.
Aquella estrategia, que combinaba presión humanitaria, mediática y militar, no logró su objetivo en ese momento, pero sentó las bases para lo que ocurriría en enero de 2026, cuando la administración Trump —de vuelta en la Casa Blanca— ejecutó el plan definitivo para derrocar a Maduro. La captura del líder chavista el 3 de enero y la instalación de un gobierno interino con control sobre el petróleo venezolano demostraron que Washington estaba dispuesto a usar la fuerza para imponer su influencia en la región.
2. La operación sigilosa con los B-52: un mensaje sin palabras
A principios de la semana pasada, el Comando Sur de Estados Unidos puso en marcha una operación con bombarderos estratégicos B-52H Stratofortress —capaces de transportar armamento nuclear y convencional— que despegaron el 11 de agosto desde la Base Aérea de Minot (Dakota del Norte). La misión, que se esperaba durara hasta 29 horas sin aterrizaje en territorio sudamericano, incluía el apoyo de las fuerzas aéreas de Chile y Argentina.
Sin embargo, apenas seis horas y media después del despegue, la operación fue abortada y las aeronaves regresaron a su base. Las razones oficiales fueron vagas («otras exigencias operacionales»), aunque fuentes no oficiales señalaron una falla en uno de los aviones tanque KC-135. La misión, en cualquier caso, ya había cumplido su función comunicacional: la demostración de que Estados Unidos tiene el poder militar y los aliados regionales para proyectar fuerza en el Cono Sur.
3. La participación necesaria de Milei y Kast: el eje conservador del Cono Sur
El despliegue de los B-52 no fue un hecho aislado, sino la punta del iceberg de una alianza militar que se viene consolidando desde fines de 2025, cuando José Antonio Kast asumió la presidencia de Chile (11 de marzo de 2026) y Javier Milei profundizó su alineamiento con Trump en Argentina.
Ambos gobiernos comparten una misma orientación ideológica y han multiplicado los acuerdos militares con Washington:
– Argentina ha comprado aviones F-16, vehículos blindados Stryker, acceso a drones del Ejército estadounidense y participación en el Escudo de las Américas, la coalición militar impulsada por Trump. El ministro de Defensa, Carlos Presti, asistió recientemente a la cumbre de esta coalición en Panamá, donde el secretario de Guerra estadounidense, Pete Hegseth, proclamó que el nuevo lema sería «hacer cosas malas contra la gente mala». Milei, por su parte, ha visitado el portaaviones USS Nimitz y ha autorizado ejercicios conjuntos como «Daga Atlántica» sin pasar por el Congreso.
– Chile, bajo Kast, ha pasado de ser un «observador» a un miembro activo del Escudo de las Américas, alineándose con la agenda de seguridad de Washington.
Este eje Milei-Kast constituye el bloque regional de aliados «proxy» que Estados Unidos puede utilizar para operaciones de presión o demostración de fuerza en Sudamérica, tal como ocurrió con el despliegue de los B-52.
4. Intimidación (o amenaza) a Lula: el precedente venezolano como advertencia
El mensaje implícito de la operación con los B-52 tenía dirección cierta: Brasilia. El momento elegido no fue casual: ocurrió en medio de la peor crisis diplomática entre Brasil y Estados Unidos en años, con Trump imponiendo aranceles y presionando al gobierno de Lula, y a pocos meses de las elecciones brasileñas.
La maniobra se interpretó como la «más abierta sugerencia de presión militar de EE.UU. contra Brasil». No se trataba de una invasión, sino de recordarle a Lula que Washington tiene el poder militar, los aliados regionales y el precedente de Venezuela para, si lo desea, repetir el escenario de la captura de Maduro en Brasil. La Fuerza Aérea Brasileña no fue informada oficialmente, pero percibió claramente el mensaje: la Doctrina Monroe está de vuelta, y Trump está dispuesto a usar la fuerza para defender la «zona de influencia» estadounidense en el Hemisferio Occidental.
La presencia de Kast en Chile y Milei en Argentina cierra el cerco geográfico sobre Brasil, convirtiendo a esos dos países en posibles bases para futuras operaciones. La receta de Washington es clara: involucrar a las Fuerzas Armadas de sus aliados en la lucha contra el narcotráfico —un argumento que permite el despliegue militar sin necesidad de declarar una guerra formal—, algo que en Argentina ya se está haciendo mediante decretos que rompen la separación entre seguridad y defensa establecida en cuatro décadas de democracia.
5. Finalidad geopolítica: aislar a Brasil de sus socios estratégicos
El objetivo último de esta presión no es derrocar a Lula —al menos no de inmediato—, sino forzarlo a abandonar o moderar su alianza estratégica con China y Rusia. La coincidencia de fechas es reveladora: mientras los B-52 sobrevolaban el Atlántico Sur, el asesor presidencial de Rusia, Nikolay Patrushev, estaba de visita en Brasil.
Patrushev, considerado el «número dos» del Kremlin y arquitecto de las operaciones de inteligencia rusas, se reunió en Brasilia y Río de Janeiro con el comandante de la Marina brasileña, el ministro de Defensa José Múcio y el asesor especial Celso Amorim, para discutir cooperación naval, tecnología nuclear y proyectos conjuntos de defensa. La oferta rusa de desarrollar reactores nucleares navales y usinas nucleares flotantes para la Amazonía busca establecer un puente energético (y tecnológico) entre Brasilia y Moscú.
Esta doble presión —militar por un lado, diplomática por el otro— dibuja un escenario de pugna por la influencia donde Brasil se encuentra en el centro de la tensión entre dos bloques. Estados Unidos, con el apoyo de Milei y Kast, busca que Lula abandone su acercamiento a China (principal socio comercial de Brasil) y a Rusia (principal proveedor de fertilizantes y diesel, con un 63% de las importaciones brasileñas de este combustible). La visita de Patrushev, en tanto, le ofrece a Lula una red de seguridad frente a la presión de Washington.
6. El factor tecnológico: la disputa por la IA como telón de fondo
A esta presión militar y diplomática se suma un elemento estratégico que explica la urgencia de Washington: en julio de 2026, Brasil se adhirió a la WAICO (Organización Mundial de Cooperación en Inteligencia Artificial), la iniciativa liderada por China que promueve un modelo de gobernanza de IA basado en código abierto y cooperación entre países del Sur Global, en lugar de alinearse exclusivamente con la Pax Silica, la coalición impulsada por Estados Unidos para controlar las cadenas de suministro de semiconductores, minerales críticos y energía necesarios para la IA.
La administración Trump ha sido clara: no se puede estar en los dos acuerdos a la vez. Según un borrador filtrado por Reuters, el Departamento de Estado tiene previsto enviar una carta a 35 países advirtiéndoles que quienes se sumen a la WAICO serán excluidos de la Pax Silica. El mensaje es explícito: «Ser parte de todo es no ser parte de nada. La firma de la declaración de Pax Silica no es meramente una adhesión, sino un compromiso».
Brasil, con la cuarta reserva mundial de minerales críticos (como tierras raras) y una matriz energética 85% renovable que lo posiciona como destino privilegiado para data centers (con 205 unidades, tres veces más que Chile y líder en América Latina), se convierte en un botín geopolítico de primer orden. China ya ha comenzado a invertir: la empresa ByteDance (dueña de TikTok) anunció una inversión de R$ 200 mil millones en un data center en el Ceará, y la WAICO podría facilitar más inversiones chinas en infraestructura digital brasileña.
La presión sobre Lula no es solo militar, sino también tecnológica y económica: Washington está desesperado por impedir que el gigante sudamericano se alinee con Pekín en la definición del futuro digital, al mismo tiempo que ofrece a China acceso a sus recursos estratégicos. La carta de advertencia sobre la WAICO, que se espera sea enviada en los próximos días, es una presión diplomática y económica que se suma a la presión militar que ya hemos analizado.

Conclusión: un tablero con piezas en movimiento
La secuencia descrita —el antecedente venezolano, el despliegue de los B-52, el eje Milei-Kast, la presión sobre Lula, la visita de Patrushev y la disputa por la WAICO— no es una cadena de coincidencias, sino un tablero geopolítico diseñado donde cada pieza cumple una función.
– Venezuela fue el campo de prueba de una metodología que combina presión humanitaria, mediática y militar.
– Los B-52 son la demostración de que Estados Unidos tiene la capacidad y los aliados para proyectar fuerza en el Cono Sur.
– Milei y Kast son los socios «proxy» que le permiten a Washington operar sin desplegar tropas propias.
– La presión sobre Lula busca forzar un realineamiento de Brasil, utilizando el precedente de Maduro como advertencia.
– La visita de Patrushev es la respuesta rusa, ofreciendo a Brasil una alternativa a la dependencia de Washington.
– La WAICO vs. Pax Silica es la disputa por el dominio tecnológico y económico del futuro, donde Brasil es un botín estratégico por sus recursos y su infraestructura energética.
El desenlace de esta partida aún está por escribirse, pero las piezas ya están sobre el tablero. La pregunta es si Lula logrará mantener el equilibrio entre estos dos bloques en pugna, o si la presión combinada —militar, diplomática y tecnológica— lo forzará a elegir bando.








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