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POLÍTICA

Los jóvenes serán la columna central de la transformación argentina

Café Mercosur Sep 3, 2026 0

Los jóvenes constituyen una de las grandes cuestiones estructurales de la Argentina. La precarización laboral, las dificultades para acceder a la vivienda y los cambios tecnológicos plantean el desafío de incorporar a toda una generación a un nuevo proyecto de desarrollo nacional. La transformación productiva del siglo XXI exige articular energía, alimentos, minería, industria, ciencia, tecnología y trabajo calificado. El desafío, sostiene el artículo, es construir un modelo propio que aumente la autonomía estratégica de la Argentina y tenga a los jóvenes como protagonistas.

Por Ricardo Auer (*)

Los grandes problemas y las frustrantes esperanzas de los jóvenes no son meras cuestiones sociales. Son el centro de gravedad de la cuestión nacional. Cada etapa de construcción argentina incorporó a quienes permanecían fuera del orden existente.

La historia argentina nos muestra que cada salto de integración nacional comienza cuando incorpora una nueva capa desprotegida o emergente. Hacia 1880, la Generación del ‘80 consolidó el Estado nacional, organizó el territorio y construyó las instituciones básicas de la sociedad poscolonial. Esa tarea fue realizada por una oligarquía terrateniente vinculada al modelo agroexportador.

En 1912, la Ley Sáenz Peña respondió a una transformación social ya en curso: los hijos de la gran inmigración y las nuevas clases medias urbanas transformaban el país, pero todavía carecían de una representación política acorde con su peso social. El voto secreto y obligatorio amplió su ciudadanía política.

Luego, el peronismo produjo otra gran incorporación: el trabajador dejó de ser considerado solamente fuerza de trabajo para convertirse en sujeto político, económico y social, con derechos laborales, organización sindical, participación en la distribución del ingreso y dignidad salarial. Cada incorporación modifica las relaciones de poder dentro del sistema productivo, mientras amplía la fortaleza de la comunidad nacional.

Un desafío diferente

Nuestro tiempo exige una nueva incorporación histórica: la de los jóvenes, que el orden actual precariza, expulsa o deja sin horizonte y que parecen haber quedado al margen del gran debate político. La magnitud del problema es estructural y cualitativamente diferente de las exclusiones anteriores.

Según el Observatorio de la Deuda Social Argentina (UCA), apenas un 10% de los jóvenes de entre 18 y 25 años accede a un trabajo registrado. Una parte considerable permanece atrapada en empleos precarios o informales, mientras otros atraviesan períodos prolongados sin conseguir trabajo. Esto no parece ser coyuntural. Señala una transformación del propio mundo del trabajo. La digitalización, la automatización, la inteligencia artificial, la financiarización y las nuevas formas de organización productiva están modificando la relación entre crecimiento, producción y empleo. Determinadas formas de trabajo estable disminuyen mientras proliferan relaciones laborales fragmentadas, informales e intermitentes.

De nada sirve diseñar políticas asistenciales destinadas a contener a quienes quedaron afuera ni crear puestos de trabajo dentro del viejo sistema.

El nuevo desafío es construir las capacidades, actividades e instituciones capaces de integrar a toda una generación en el sistema productivo que está naciendo. Educación, formación tecnológica, inteligencia artificial, trabajo productivo, vivienda, crédito, conocimiento, emprendimiento, participación y posibilidades reales de construir un proyecto de vida deben dejar de constituir políticas separadas para convertirse en partes de una misma arquitectura nacional de incorporación generacional. Se hace evidente la necesidad de un nuevo modelo, un nuevo “saber situado” en estos tiempos y con especificidades propias de la Argentina.

Protagonistas

El tema es tan estructural que adquiere dimensiones políticas. Los jóvenes deberán ser los protagonistas de una nueva etapa de construcción nacional porque son ellos quienes necesitan transformar la actual estructura económica, que produce su propia exclusión.

La historia de las últimas décadas nos muestra una matriz primarizada que impide el desarrollo argentino: una estructura económica concentrada, dependiente y orientada predominantemente hacia la exportación de recursos y bienes con insuficiente transformación nacional, manejada por grupos económicos poco interesados en una estrategia autónoma de desarrollo nacional. Los sucesivos ciclos de liberalización, desindustrialización, endeudamiento y financiarización durante las últimas décadas no pueden ser superados mediante la mera administración de sus consecuencias. Exigen una transformación estructural.

Cómo avanzar

Pero transformar la estructura productiva en el siglo XXI no significa reproducir mecánicamente la industrialización del siglo XX. Significa avanzar hacia una economía capaz de transformar recursos naturales en industria, tecnología, conocimiento, servicios avanzados, trabajo calificado y capacidades soberanas.

Para ello, Argentina dispone de energía, alimentos, minería, territorio, biodiversidad, recursos humanos, universidades, sistema científico y capacidades industriales acumuladas. Argentina difícilmente pueda competir con las grandes potencias industriales asiáticas mediante volumen y bajos costos laborales. Pero posee otras posibilidades: puede competir mediante inteligencia aplicada a recursos estratégicos, energía abundante, conocimiento, biotecnología, industria especializada, producción agroalimentaria avanzada, servicios tecnológicos y calidad de vida.

Los conceptos históricos del movimiento nacional —trabajo, justicia social, soberanía, industria, derechos laborales, comunidad organizada— continúan siendo fundamentales, ya que expresan conquistas históricas que deben preservarse y siguen interpretando la experiencia de millones de argentinos que permanecen integrados, aunque crecientemente amenazados, por el orden productivo construido durante el siglo XX.

Proponer una gran transformación no significa ignorar las urgencias del presente, sino evaluarlas también desde sus consecuencias futuras. El equilibrio fiscal importa, pero debe discutirse junto con la capacidad productiva que dejaremos mañana. La deuda externa debe evaluarse también por su impacto sobre la autonomía futura. La educación, la ciencia, la infraestructura, la vivienda y la formación tecnológica no pueden ser consideradas únicamente gastos corrientes: constituyen inversiones en capacidades nacionales de largo plazo.

El mundo que viene

Un joven que transita entre trabajos informales, plataformas digitales, inteligencia artificial, incertidumbre laboral y enormes dificultades para acceder a una vivienda, formar una familia o alcanzar independencia económica experimenta una realidad diferente de aquella que dio origen al lenguaje político tradicional. El objetivo no puede ser convencer a los jóvenes de regresar a un mundo que está desapareciendo, sino convocarlos a construir el mundo que viene, rechazando la exclusión permanente de una generación, que es lo que propone el modelo en curso.

La cuestión estratégica consiste en evitar que nuestros recursos funcionen únicamente como materias primas de cadenas de valor organizadas desde otros centros de poder. La soberanía del siglo XXI dependerá cada vez menos de poseer simplemente recursos y cada vez más de poseer las capacidades necesarias para transformarlos, siguiendo un modelo propio. Solo así podrá ofrecer futuro a sus jóvenes sin perder población calificada, natalidad, conocimiento, capacidad productiva, cohesión social y, finalmente, autonomía para decidir su propio destino. Aumentar nuestra autonomía estratégica es el objetivo principal de una nueva estrategia de transformación nacional y debe tener como columna central o sujeto histórico principal el futuro de nuestros jóvenes. La gobernabilidad nacional dependerá del éxito de esta estrategia.

Lamentablemente, el péndulo oscila hoy entre dos polos que, aunque opuestos en su retórica, comparten una limitación fundamental: ambos construyen buena parte de su identidad a partir del adversario inmediato. Lo que proponemos no se define por aquello que rechaza, sino por aquello que se propone construir. No se trata simplemente de dar una respuesta al neoliberalismo, ni de una reivindicación nostálgica del Estado de bienestar del siglo XX, ni de una adaptación pasiva a las exigencias del capital financiero.

Estamos hablando de un proyecto con centro de gravedad propio, elaborado entre todos, con una mirada política muy amplia y saliendo del laberinto de las disputas coyunturales, fundado en la necesidad de construir el país para quienes lo habitarán durante las próximas cinco décadas. Debe ser con todos los jóvenes adentro y poniendo la mirada en 2050.

(*)Ricardo Auer es integrante de FUERZA SUMA FS+

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