Por Ramiro C. Caggiano Blanco
«No importa si el gato es blanco o negro, con tal de que cace ratones.« Con esta célebre frase, Deng Xiaoping resumió en 1962 el pragmatismo que transformaría a China de una nación agraria empobrecida en la segunda potencia económica del planeta. Décadas después, la metáfora se ha convertido en un lugar común para justificar cualquier apertura económica, sin importar sus costos. Pero hay una pregunta incómoda que rara vez se formula: ¿de qué sirve que el gato cace ratones si no es dueño de la casa, ni de la comida, ni del techo bajo el que duerme?
Esta pregunta no es retórica. Es la clave para entender por qué la comparación entre la China de Deng y la Venezuela de hoy —que algunos analistas han bautizado con el irónico apodo de «Delcy Xiaoping»— es no solo un error histórico, sino una peligrosa ilusión óptica.
El verdadero legado de Deng: pragmatismo al servicio de la soberanía
Cuando Deng Xiaoping asumió las riendas de China en 1978, el país estaba devastado por décadas de experimentos ideológicos fallidos. Su respuesta no fue un salto al vacío, sino una estrategia meticulosa construida sobre pilares muy concretos:
La Reforma y Apertura fue el eje central. Pero no se trataba de abrir las puertas a ciegas. Deng creó las Zonas Económicas Especiales (Shenzhen, Zhuhai, Xiamen) como laboratorios controlados donde el capitalismo podía probarse sin contaminar el resto del sistema. La descolectivización del campo mediante el sistema de responsabilidad familiar disparó la productividad agrícola. Las Cuatro Modernizaciones (agricultura, industria, defensa y ciencia) dieron un horizonte estratégico claro. Y la famosa «Gira del Sur» de 1992 reimpulsó las reformas cuando los sectores conservadores amenazaban con paralizarlas.
El resultado fue un milagro sin precedentes: más de 800 millones de personas salieron de la pobreza extrema. Pero el éxito no se debió a una «fórmula mágica», sino a que Deng supo alinear las reformas de mercado con las ventajas comparativas reales de China: una mano de obra masiva y joven, un Estado con capacidad institucional para ofrecer predictibilidad a los inversores, y un contexto geopolítico favorable donde Occidente veía en Beijing un socio estratégico.
Lo que muchos olvidan es que Deng fue, ante todo, un nacionalista pragmático. Su apertura fue una herramienta de fortalecimiento del Estado-nación, no una rendición ante él. China exigió joint-ventures, transferencia obligatoria de tecnología, y reinvertió soberanamente una tasa de ahorro superior al 40% del PIB en infraestructura, educación y capital productivo. El gato cazaba ratones, sí, pero era dueño de su comida, de su casa y de las reglas del juego.
Los límites de copiar un modelo: por qué Venezuela no es China
Intentar trasplantar la experiencia china a Venezuela es un error de categoría. Las condiciones estructurales son radicalmente distintas:
Primero, la estructura económica. China era un país agrario con una base industrial ligera y mano de obra abundante, listo para convertirse en la fábrica del mundo. Venezuela es un Estado rentista petrolero cuya manufactura y agricultura fueron desmanteladas por la «enfermedad holandesa» décadas atrás.
Segundo, la capacidad institucional. El Partido Comunista Chino mantuvo control político absoluto, pero ofreció predictibilidad, respeto a contratos y protección de facto de la propiedad privada. Fruto de años de boicot comercial por parte de EE.UU., Venezuela ha sufrido una erosión institucional donde la discrecionalidad, las expropiaciones y los controles arbitrarios destruyeron la confianza, que es la moneda más valiosa para cualquier inversión.
Tercero, el enfoque gradualista. Deng aplicó el lema de «cruzar el río palpando las piedras»: reformas experimentales, locales y contenidas. Venezuela ha tendido a los shocks abruptos en ambos sentidos, sin continuidad que permita madurar las políticas.
Cuarto, el capital humano. China tenía un bono demográfico enorme y tasas de alfabetización altas. Por diferentes motivos, sin descontar el ingerencismo de EE.UU., Venezuela enfrenta una diáspora de más de 5 millones de personas, una fuga de cerebros sin precedentes que tarda décadas en revertirse.
Quinto, el contexto geopolítico. La China de los 80 y 90 fue recibida con brazos abiertos por Occidente como contrapeso a la URSS. Venezuela opera bajo sanciones severas, aislamiento financiero y desconfianza de los mercados globales, todo ello creado y ahora muy bien aprovechado por el Imperio del Norte.
«Delcy Xiaoping»: la falacia de la apertura sin soberanía
Tras la incursión militar estadounidense del 3 de enero de 2026 y la posterior prisión de Nicolás Maduro, Delcy Rodríguez asumió como presidenta interina. Algunos analistas, deslumbrados por su formación occidental y su discurso de «reformas», han comenzado a llamarla la «Deng Xiaoping venezolana«. Pero esta comparación se desmorona al examinar cinco realidades estructurales:
1. No habrá transferencia de tecnología. La relación con Estados Unidos no es de socios estratégicos, sino de vasallaje y extractivismo primario. EE. UU. no tiene incentivos para transferir know-how a un Estado subordinado; su interés es puramente extractivo.
2. No existe un mercado interno dinámico. A diferencia de la China de los 80, Venezuela no cuenta con una base de consumo masivo que pueda servir de palanca para negociaciones equilibradas. La falta de un mercado interno dinamizado es un obstáculo, pero el golpe mortal es la falta de autonomía financiera.
3. El contexto industrial global es adverso. Los EE. UU. de Trump no están en una onda expansionista que delegue cadenas de valor. Su agenda es de reshoring (relocalización industrial) y proteccionismo: quiere que las industrias regresen a su territorio, no que se instalen en un país sometido. El paradigma actual es la extracción de recursos para alimentar la industria propia de EE. UU., no la industrialización de Venezuela.
4. No hay soberanía política. Si el gobierno de Rodríguez actúa como un apéndice de lo que se resuelve en Washington, la relación no es de negociación, sino de imposición. Un verdadero «arquitecto» del desarrollo necesita autonomía para negociar desde el interés nacional.
5. No hay autonomía económica. Si los ingresos hidrocarburíferos permanecen retenidos en una cuenta especial en EE. UU. que decide en qué se gastan, se anula cualquier posibilidad de «acumulación de capital» nacional. Sin control sobre la renta, no hay política económica propia, solo administración de asignaciones externas.
Conclusión: más allá del gato blanco o negro
No desconocemos la arbitraria e injustificada incursión militar norteamericana en Venezuela, ni la captura ilegal de Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores. Mucho menos la limitación del gobierno de Delcy Rodríguez por tal situación, al punto de que algunos analistas afirmen que «gobierna con la pistola en la cabeza«. Sabemos que no es tan sencillo hacerle frente a las apetencias de Trump y la remozada Doctrina Monroe, hoy Donroe. Pero tampoco hay que pasearse oronda por Nueva York, sacarse fotos con tu opresor como si nada estuviera ocurriendo y ni siquiera nombrar a Maduro, preso político de Trump.
Ni, mucho menos, «pintar» la renuncia a las banderas del chavismo y la entrega del país como una «reforma táctica» como la de China, pero caribeña. Porque la «Reforma y Apertura» de Deng Xiaoping fue exitosa porque fue una herramienta de fortalecimiento del Estado-nación. Fue pragmatismo al servicio de la independencia nacional a largo plazo.
Sin embargo, lo que se describe para la Venezuela posterior al 3 de enero no es una «apertura» en el sentido histórico, económico o desarrollista del término. Es una cesión de soberanía, pura y simple. Un verdadero arquitecto del desarrollo necesita tres condiciones mínimas que están ausentes: control sobre la renta nacional para reinvertirla, autonomía para negociar con potencias extranjeras, y una base productiva o demográfica que pueda ser apalancada.
Calificar este escenario como «Xiaoping» es un oxímoron. Sería mucho más preciso describirlo como una gerencia de transición extractivista, donde la retórica de «apertura» sirve únicamente para legitimar internacionalmente una estructura de poder que ha renunciado a los atributos fundamentales de un Estado soberano.
Porque al final del día, de nada sirve que el gato cace ratones si no es dueño de su comida. Y en la Venezuela de hoy, el felino no solo no es dueño del alimento: ni siquiera es dueño de la casa donde duerme.














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