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60 millones de votos y ningún heredero a la vista

Flávio Bolsonaro huye a los EE.UU. y deja 60 millnones de votos

La fuga de Flávio Bolsonaro y la disputa por el legado de un bolsonarismo sin dueño

Por Ramiro Carlos Caggiano Blanco

Flávio Bolsonaro huye a los EE.UU. y deja 60 millnones de votos

1. Flávio nunca fue el plan original

Flávio Bolsonaro nunca fue el primer plan de la derecha. Mucho menos de la Avenida Faria Lima, en São Paulo, ese corazón simbólico del mercado financiero brasileño. La figura preferida del “mercado” era, de hecho, Tarcísio de Freitas, gobernador de ese estado. Los sectores evangélicos neopentecostales —gran “arsenal político” del bolsonarismo— preferían a Michelle Bolsonaro, esposa de Jair Bolsonaro, quien también contaba con el apoyo de Valdemar Costa Neto, presidente del Partido Liberal. Fue la desconfianza de Jair Bolsonaro, que ve traidores en todos sus aliados, la que pesó de manera decisiva a la hora de elegir a Flávio. El miedo de Jair era simple y brutal: si se apostaba por alguien que no fuera de la familia, ese alguien podría no darle el indulto en caso de llegar a la presidencia. La sucesión familiar no fue un proyecto político: fue una póliza de seguro.

2. La fuga y el capital político quemado

La fuga a Argentina con destino final en Estados Unidos, la autoproclamación como “presidente electo” al estilo Guaidó, la posterior rectificación de la nota y la consiguiente pérdida de prestigio político terminaron de detonar la crisis. Las críticas ya no circulan solo en voz baja: se escuchan desde Tarcísio de Freitas hasta Valdemar Costa Neto. Flávio perdió algo decisivo para liderar: autoridad.

3. Los herederos: una disputa por la tutoría del legado

Con el bolsonarismo acéfalo, la derecha no está exactamente huérfana: está en plena pugna por la tutoría del legado. Y aquí conviene mirar el liderazgo actual, no solo la elección presidencial de 2030, aunque ambos temas estén inevitablemente interrelacionados.

Tarcísio de Freitas es el heredero más viable para el mercado y para una parte del establishment. Reelecto en São Paulo con más del 60% de los votos, conserva capital político y puede presentarse como un bolsonarismo “gobernable”. Su límite: no es un líder de movimiento, sino un gestor con marca propia.

Michelle Bolsonaro tiene legitimidad familiar, base evangélica y ahora un cargo nacional como senadora. Es una pieza clave, pero su perfil no sustituye la maquinaria de movilización callejera y digital del bolsonarismo.

Nikolas Ferreira es, quizás, el actor con más poder de movilización en el presente. Diputado federal más votado de la historia, con 3,1 millones de votos, construyó además una red propia —la llamada “Bancada do Nikolas”— con aliados electos. Damares Alves lo describió como el “mayor liderazgo político en libertad”. Su límite constitucional para 2030 es real, pero su proyecto no depende de una candidatura presidencial inmediata: busca disputar la herencia y el legado de Jair Bolsonaro ahora.

Pablo Marçal representa otro tipo de poder: el operador digital y el kingmaker. Con unos 14 millones de seguidores en Instagram, se ofreció como “escudo” de Flávio, participó en el diseño del “Ministerio de la Prosperidad” y capitaliza el discurso de que “la derecha es rehén de Bolsonaro”. No necesita ser candidato para influir: su maquinaria de destrucción de reputaciones y su capacidad de movilizar la tropa digital lo vuelven un poder fáctico.

A ellos se suman dos nombres que no son herederos del bolsonarismo, pero que condicionan cualquier sucesión.

Ratinho Junior, gobernador de Paraná por el PSD, era el principal nombre de la “derecha no bolsonarista” y llegó a liderar las encuestas de la llamada “tercera vía” con un 7% de intención de voto. Sin embargo, desistió de su candidatura presidencial en marzo de 2026. Los análisis sugieren que lo hizo para no fragmentar el campo y, posiblemente, para no facilitar que Sérgio Moro se consolidara como el gran nombre de la derecha en Paraná. Su salida es una pieza clave para entender la posterior polarización entre Flávio y Lula.

Sérgio Moro es el otro actor de peso propio. El exjuez del Lava Jato y exministro de Justicia de Bolsonaro se consolidó como gobernador electo de Paraná en primera vuelta, tras renunciar a su escaño de senador, legitimándose como un poder regional autónomo dentro del campo de la derecha, con proyección nacional futura.

Completan el cuadro Ronaldo Caiado y Romeu Zema, que mantienen proyectos propios de derecha tradicional o ‘moderada’, y Eduardo Leite, que encarna una derecha de centro pero fue “rifado” por la dirección del PSD en favor de Caiado.

4. Lula: más margen, menos interlocutor

La pulverización de la derecha abre para Lula un abanico de posibilidades de negociación: puede jugar con rivalidades, dividir bancadas y explotar la competencia entre herederos. Pero también le plantea una dificultad mayor: no hay un interlocutor válido indiscutido. Con un Congreso en contra y una derecha sin jefe único, la gobernabilidad se vuelve más esquiva: muchas puertas para tocar, pero ninguna que garantice que detrás haya un dueño de la llave.

La conclusión es incómoda para el bolsonarismo: 60 millones de votos no alcanzan si el heredero se fugó a EE.UU. y nadie sabe quién quedó a cargo de la herencia.

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