Del león al mártir: cuando gobernar se confunde con resistir, los números dejan de ser datos y se vuelven signos.
Por Ramiro C. Caggiano Blanco
Hay un momento en toda administración en el que el relato deja de sostenerse con datos y empieza a sostenerse con mística. El gobierno de Javier Milei llegó a ese momento esta semana: mientras el INDEC confirmaba dos millones de nuevos pobres en un semestre (32,3% de pobreza, 44,5% entre los chicos), la actividad caía 2,9% en julio —la mayor caída mensual desde la pandemia— y el riesgo país superaba los 600 puntos, el Presidente hablaba desde Nueva York de «dólares que salen por las orejas». Ante esos números adversos, no ofreció argumentos: ofreció victimización, cifras inventadas y numerología.
El león que se hace el mártir. El primer desplazamiento es el más visible. El Milei de campaña era «el león», el depredador que iba a despedazar la casta. El Milei de esta semana es un sobreviviente: siete intentos de golpe de Estado, cuarenta proyectos de ley con el único fin de desestabilizarlo, un cerco permanente. La oposición ya no es rival político: es potencia desestabilizadora. La economía no está mal por sus decisiones, sino por el cerco. Es la patología clásica del gobierno que confunde gobernar con resistir: cuando los resultados no llegan, el martirio es el último activo.
Cifras que no resisten 48 horas. La segunda línea defensiva fue directamente fabulada: 30.000 terroristas deportados. Nada indica que se haya expulsado a semejante cantidad de personas de Argentina; el propio gobierno tuvo que matizar que se trataba de rechazos en frontera y «posibles amenazas». La incomodidad fue tal que el periodista Luis Majul —nada sospechoso de hostilidad al oficialismo— pidió disculpas públicas por no haber cuestionado el dato en el momento. Cuando hasta los aliados deben retractarse, el problema no es de comunicación: es de veracidad.
Pero aquí viene lo interesante: los números no fueron elegidos al azar. El 7, el 40 y el 30.000 no son cifras cualquiera. El 7 es el número mítico por excelencia: las siete tentaciones, las siete maravillas, la perfección cabalística. El 30.000, en boca de un presidente argentino, es una inversión deliberada del símbolo mayor de nuestra memoria: la cifra de los desaparecidos que el terrorismo de Estado también llamó «terroristas». Decir «deporté 30.000 terroristas» es refundar el número sagrado de las víctimas como trofeo del vencedor.
Y el 40 remite a los cuarenta años de penuria y sufrimiento de Moisés en el desierto antes de llegar a la Tierra Prometida. No es una lectura forzada: Milei mismo cerró el círculo en el mismo discurso, prometiendo que si es reelegido en 2027, los resultados de esa Tierra Prometida anarcocapitalista se verían «en el primer semestre de 2028». Es decir: los cuarenta proyectos de ley opositores son su desierto, su prueba de fuego, y el paraíso fiscal está siempre a un semestre de distancia. El argumento, por cierto, no es nuevo: es el mismo que usó Mauricio Macri con su infame «segundo semestre» y la luz al final del túnel. Los profetas cambian; el túnel, nunca.
El remate. La historia argentina conoce este movimiento. Cuando los fríos números fallan, se echa mano de la revelación que interpela lo emocional. Milei no dijo «me equivoqué» ni «la recesión es el precio de la estabilización»; dijo siete, cuarenta, treinta mil — y los repitió en la ONU, en París, ante empresarios, con la cadencia de un pastor televisivo: mismo tono dramático, misma musicalidad llorona. Porque los creyentes no necesitan datos: necesitan números con alma. Es la subjetividad que ya viene mostrando desde antes: la de un Milei que se ve y se erige como un nuevo Savonarola, predicando la purificación por el fuego del ajuste y prometiendo la Tierra Prometida a un semestre de distancia. Cuando la razón no tiene argumentos, aparece la mística de los números… místicos.












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