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El ‘modus operandi’ Bolsonaro: delinquir, fugarse y autoproclamarse perseguido

La derrota electoral de Flávio Bolsonaro en el balotaje del 25 de octubre de 2026 no fue el final de un ciclo, sino el detonante de un patrón que la familia había perfeccionado durante años. En lugar de enfrentar los procesos judiciales que pesan sobre ellos, los Bolsonaro han convertido la fuga en su principal herramienta de defensa y la autoproclamación de «perseguidos políticos» en su escudo narrativo. Este no es un comportamiento aislado: es un método.

Por Ramiro Carlos Caggiano Blanco

El Clan Bolsonaro (y secuaces) y la misma estategia de siempre: delinquir, fugarse y autoproclamarse perseguidos.

1. La fuga como estrategia: de Flávio a Jair, pasando por Eduardo

El caso más reciente y descarado es el de Flávio Bolsonaro. El senador y candidato derrotado despegó hacia Miami el 27 de octubre de 2026, incumpliendo una orden expresa del ministro Alexandre de Moraes que le exigía entregar su pasaporte en un plazo de 24 horas. Lo hizo, además, utilizando su pasaporte italiano, que la justicia brasileña también le había ordenado entregar, y después de haber declarado públicamente que «nunca pensó en dejar el país». No fue una salida improvisada: su hermano Eduardo Bolsonaro, quien vive en Estados Unidos desde 2025, ya había organizado el plan de fuga con antelación por si su hermano perdía las elecciones.

Eduardo no es un exiliado cualquiera. Sobre él pesa una orden de prisión emitida el 8 de octubre de 2026 por el delito de coacción en el curso del proceso, tras ser condenado a cuatro años y dos meses de prisión por haber articulado sanciones de Estados Unidos contra autoridades brasileñas para influir en el juicio de su padre. Su fuga en 2025 no fue una huida desesperada, sino el mismo cálculo: evadir la justicia y, desde el exterior, atacar las instituciones brasileñas.

El patriarca, Jair Bolsonaro, no se queda atrás. En noviembre de 2025, intentó abrir su tobillera electrónica con un soldador en plena madrugada, un acto que la Policía Federal calificó como una «acción consciente y voluntaria para sabotear el monitoreo judicial». Semanas antes, había pasado dos noches en la Embajada de Hungría en Brasilia, pocos días después de que le confiscaran el pasaporte, en lo que muchos interpretaron como un intento de buscar asilo político en un país aliado de Viktor Orbán. La versión oficial —que se dedicó a «hablar de geopolítica» durante el feriado de Carnaval con los funcionarios de una embajada vacía— es tan inverosímil que roza el ridículo.

2. Delitos comunes, no políticos: el inventario de las acusaciones

La narrativa de la «persecución política» se desmorona cuando se examina la naturaleza de los delitos que se les imputan. Ninguno de los procesos principales contra los Bolsonaro es por delitos de opinión o por su ideología. Son delitos comunes, tipificados en el Código Penal:

  • Flávio Bolsonaro: enfrenta acusaciones por organización criminal, peculato y lavado de dinero en el esquema de las «rachadinhas», el desvío de parte de los salarios de sus asesores en la Asamblea Legislativa de Río de Janeiro. También se le investiga por lavado de dinero en el sector de las apuestas deportivas.
  • Eduardo Bolsonaro: fue condenado por coacción en el curso del proceso, un delito que busca garantizar la libertad de decisión de los tribunales. No lo condenaron por sus ideas, sino por actuar para torcer un juicio mediante presión externa.
  • Jair Bolsonaro: además de la condena por los actos golpistas (que incluye delitos como daño calificado y deterioro de patrimonio tombado), enfrenta investigaciones por apropiación de bienes públicos y lavado de dinero en el caso de las joyas sauditas, y por el esquema de desvío de regalos oficiales para su venta en el exterior.
  • Michelle Bolsonaro: es investigada por el uso irregular de la tarjeta corporativa de la Presidencia para gastos personales y de familiares, un posible delito de peculado o apropiación indebida que, aunque la Policía Federal no encontró pruebas suficientes para imputarla en el caso de las joyas, sigue su curso en otra investigación.

3. Un Ejecutivo que no interfiere… y eso desmonta la tesis de la persecución

Si el gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva estuviera orquestando una «persecución política», como alegan los Bolsonaro, esperaríamos ver una interferencia constante en la Justicia y en la Policía Federal. La realidad es la contraria. Las escasas declaraciones del presidente Lula han sido reactivas y se han limitado a defender la autonomía de las instituciones. En octubre de 2026, Lula fue categórico: «El Gobierno federal no manda en el Poder Judicial, que tomó una decisión y la Policía Federal cumplió su mandato».

Lejos de perseguir a su antecesor, Lula ha criticado incluso los excesos mediáticos de la Policía Federal en los operativos, pidiendo que no se haga un «espectáculo pirotécnico» antes de tener pruebas concretas. Un gobierno que realmente quisiera perseguir a su oposición no pediría moderación a la policía ni se limitaría a cumplir las órdenes de un juez. La tesis de la persecución no resiste el más mínimo análisis de los hechos.

4. La narrativa mendaz del «perseguido político»

La autodeclaración de «perseguido político» es una línea defensiva deliberada y falsa. No busca demostrar inocencia, sino deslegitimar de antemano cualquier condena y movilizar a una base política que ya está predispuesta a creer en conspiraciones. Es una estrategia que ha funcionado en el plano electoral, pero que se desmorona en el ámbito judicial, donde los jueces no juzgan ideologías, sino conductas tipificadas en la ley.

La secuencia es siempre la misma: delinquir, fugarse y autoproclamarse víctima. Flávio huyó a Miami para no entregar su pasaporte; Eduardo huyó a Estados Unidos para no cumplir una condena por coacción; Jair intentó sabotear su tobillera y buscó refugio en una embajada extranjera. Ninguno de ellos se enfrentó a los tribunales con la tranquilidad de quien se sabe inocente. Todos optaron por la clandestinidad, la fuga o la artimaña.

La «persecución política» es el relato que necesitan para justificar lo injustificable. Pero los hechos —las órdenes de captura, las condenas firmes, las investigaciones por corrupción y lavado de dinero, y las fugas que ellos mismos protagonizaron— cuentan una historia muy distinta.

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