De España a Francia, de Italia a Alemania, una ola de protestas juveniles recorre la UE. Detrás de cada reivindicación concreta late una crisis estructural que lleva años gestándose y que la guerra en Ucrania no ha hecho más que acelerar.
Por Ramiro Carlos Caggiano Blanco
El malestar que recorre Europa
Las calles europeas vuelven a llenarse. En España, los jóvenes se movilizan por el acceso a la vivienda tras la muerte de una abuela de 87 años, Maricarmen, que simbolizó la precariedad del alquiler. En Francia e Italia, las protestas se centran en la educación. En Alemania, la posible reinstauración del servicio militar ha despertado un rechazo masivo. Y en otros países de la UE se preparan nuevas convocatorias. Detrás de cada una de estas protestas hay una reivindicación concreta, pero todas comparten un mismo trasfondo: la sensación de que el modelo europeo ya no garantiza un futuro mejor que el de la generación anterior.
Estamos ante la manifestación visible de una crisis que se venía desarrollando desde principios del milenio y que el conflicto entre Rusia y Ucrania ha acelerado. Comprender lo que está ocurriendo exige mirar más allá de las pancartas y examinar las fuerzas profundas que están transformando la vida cotidiana de los europeos.
La ruptura con Rusia: energía, mercados y rearme
El primer gran vector de esta crisis es la ruptura con Rusia, que ha tenido consecuencias económicas de largo alcance.
La pérdida de energía barata es la más evidente. La decisión de prescindir del gas y el petróleo rusos —o de comprarlos a través de intermediarios o de EE. UU. a un precio muy superior— ha golpeado directamente la competitividad europea. A ello se suma el ataque terrorista que inutilizó los gasoductos Nord Stream 1 y 2 en septiembre de 2022, cerrando cualquier posibilidad de retorno a corto plazo. La reconversión hacia fuentes «verdes» no ha compensado esa pérdida, en parte por una reconversión caótica, con constantes «idas y venidas» en la política energética. El caso más paradigmático es el de la energía nuclear: abandonada o desestimulada en países como Alemania, ahora se reivindica como fuente «limpia» y necesaria. En 2026, la UE depende de la nuclear para generar el 24 % de su electricidad, operando 98 reactores en 12 Estados miembros. Este viraje tardío ha generado incertidumbre inversora y ha dejado todo el peso del ajuste en los agentes económicos, principalmente en los productores rurales y las industrias intensivas en energía.
A ello se suma la pérdida de empresas europeas en Rusia, obligadas a salir por presión de Bruselas. El caso de Renault es ilustrativo: vendió su participación mayoritaria en AvtoVAZ y su filial Renault Rusia por un rublo simbólico en mayo de 2022, asumiendo una amortización de más de 2.000 millones de dólares. La pérdida de un mercado de más de 140 millones de personas ha supuesto un daño duradero para sectores como el automovilístico, el energético y el de bienes de consumo.
El tercer elemento es el rearme europeo acelerado. Alemania ha aprobado un fondo especial de 100.000 millones de euros para la modernización de la Bundeswehr, y a nivel de la UE el plan ReArm Europe —ahora Readiness 2030— prevé movilizar hasta 800.000 millones de euros entre 2026 y 2030. Es que hay una percepción de amenaza a medio plazo expresada por líderes como el canciller alemán Friedrich Merz, el primer ministro británico Keir Starmer, la presidenta de la Comisión Ursula von der Leyen y la Alta Representante Kaja Kallas, señalados por el ministro de Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, como líderes que «se están preparando seriamente para una guerra contra la Federación de Rusia». Estas declaraciones reflejan una reorientación del gasto público hacia la defensa, más que un anuncio de guerra inmediata.
Y hay un cuarto factor que conecta directamente la geopolítica con la mesa de los hogares: el encarecimiento de los alimentos por falta de fertilizantes rusos. La UE ha ido elevando los aranceles a los fertilizantes rusos: a partir de julio de 2025, se eliminaron 6,2 millones de toneladas de fertilizantes —el 25 % del suministro—, y los aranceles se irán incrementando hasta alcanzar los 315 euros por tonelada para los nitrogenados y 430 euros para los complejos en 2028. El resultado ha sido un aumento de los costes de producción agrícola que se traslada al precio final de los alimentos. Las operaciones europeas enfrentan aumentos de costes de alimentación de entre el 15 y el 20 % en 18 meses, y los fertilizantes minerales en Europa ya alcanzan los precios más altos del mundo. El propio Vladimir Putin ha advertido que el rechazo europeo a los fertilizantes rusos «afectará a los precios de los alimentos en Europa». Este factor golpea directamente el poder adquisitivo de los hogares y alimenta el descontento social.
Las grietas internas: austeridad, deuda y envejecimiento
Pero no todo se explica por la geopolítica. Hay causas internas que llevan décadas socavando el modelo europeo.
La primera es la austeridad para cumplir los criterios de déficit. El límite del 3 % del PIB no es una política en sí misma, sino un criterio de convergencia del Pacto de Estabilidad y Crecimiento. Las políticas son las medidas de austeridad —recortes de gasto— que los Estados aplican para cumplirlo. Estas medidas asfixian la capacidad del Estado para invertir en servicios públicos, lo que empuja a la clase media hacia servicios privados más caros, generando una sensación de «expolio» a través de impuestos que no revierten en servicios de calidad.
La segunda es la financiarización de la economía. Una parte significativa del presupuesto público se destina a pagar intereses de la deuda, lo que supone una transferencia de recursos hacia grandes inversores. Se estima que la UE gastará hasta 93.000 millones de euros solo en pagos de intereses de su deuda.
La tercera es el envejecimiento poblacional. Se prevé que para 2050, un tercio de la población europea tenga más de 65 años. Esto ejerce una presión enorme sobre las pensiones, la sanidad y los servicios sociales, y reduce la población activa disponible.
Y la cuarta es la poca movilidad social, producto de barreras regulatorias, acceso limitado a financiación y una fiscalidad que a veces favorece a las grandes corporaciones frente a los emprendedores individuales.
La vivienda: el círculo vicioso que explica la indignación
Si hay un factor que conecta directamente con las protestas juveniles, ese es la crisis de la vivienda. Responde a un círculo vicioso perfectamente identificable.
Todo comienza con la venta de viviendas a fondos buitre tras la crisis de 2008. Tras el estallido de la burbuja, la banca acumuló un enorme stock de viviendas. El Estado facilitó la creación de la SAREB —banco malo— para absorber esos activos, pero en lugar de usarlos para vivienda pública, se optó por venderlos a fondos de inversión —fondos buitre— a precios muy reducidos. Esto concentró la propiedad y contribuyó al aumento de los alquileres. El fenómeno se intensificó tras la crisis financiera de 2008, impulsado por el drástico desplome de los precios inmobiliarios entre 2012 y 2013.
A esto se suma la gentrificación, impulsada por el crecimiento exponencial del alquiler de corta duración —tipo Airbnb— en ciudades turísticas, lo que reduce la oferta de vivienda residencial y dispara los precios. Esto expulsa a los residentes locales, especialmente a los jóvenes, que son el motor de las manifestaciones.
Estos tres factores —financiarización, venta a fondos buitre y gentrificación— se refuerzan mutuamente y forman un círculo vicioso que explica directamente la crisis de la vivienda y las protestas por los alquileres. La financiarización desplaza recursos públicos hacia el pago de intereses; la venta masiva a fondos concentra la propiedad; y la gentrificación expulsa a la población local de los centros urbanos. El resultado es un acceso a la vivienda cada vez más caro y precario para las generaciones jóvenes.
El remate: una generación que ya no cree en las promesas
Lo que está ocurriendo en las calles europeas es la expresión de una generación que ha dejado de creer en las promesas del modelo europeo. La energía barata se fue, los mercados se cerraron, el rearme consume recursos, los alimentos cuestan más, la vivienda se ha convertido en un bien de lujo y los servicios públicos se deterioran mientras la deuda se paga a costa de los contribuyentes.
Los jóvenes son los protagonistas porque son ellos quienes enfrentan alquileres imposibles, empleos precarios, un futuro hipotecado por la deuda pública y una sensación creciente de que las instituciones responden a intereses económicos —fondos de inversión, grandes corporaciones— más que a las necesidades de la ciudadanía.
Las manifestaciones son el síntoma visible de un problema más profundo. Detrás de cada pancarta hay una pregunta que Europa aún no ha sabido responder: ¿qué modelo social queremos dejar a quienes vienen detrás? Mientras esa pregunta siga sin respuesta, las calles seguirán hablando.













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