«El esencialismo nos divide en identidades para que nunca nos unamos contra el imperio. Nos hace luchar contra el espejo mientras el enemigo controla los algoritmos. Articular es la única salida; fragmentarse, la condena.»
Por Ramiro Carlos H. Caggiano Blanco
Introducción: El esencialismo como tecnología de dominación periférica
«Liberación o dependencia: nunca más actual.»
Esta frase, que bien podría haber sido escrita por Mariátegui o por el propio Chaplin, resume la encrucijada de nuestro tiempo. La imagen del cómico atrapado en los engranajes de la fábrica, que en 1936 denunciaba la deshumanización del capitalismo industrial, es hoy la metáfora perfecta de nuestra condición en el Sur global. Pero los engranajes ya no son cadenas de montaje; ahora llevan los nombres de las bigtechs y los nuevos tecnócratas. Y el aceite que lubrica esta maquinaria, que nos mantiene atrapados y fragmentados, es el esencialismo.
El esencialismo no es un mero defecto epistemológico. Para quienes habitamos el Sur del Sur global, es un dispositivo geopolítico. Nos fragmenta, nos distrae y nos hace perder de vista la contradicción fundamental: la dependencia imperialista. Como un eficiente «funcionario del mes», el esencialismo administra el caos cognitivo para que nunca juntemos fuerzas contra el verdadero enemigo, aplicando a rajatabla el viejo principio romano del divide et impera.
1. La tiranía de la etiqueta única y la «comunidad de sufridores»
El mecanismo esencialista (si eres X, piensas Y) no solo es un atajo mental; es una política de identidades aisladas que convierte a cada grupo en una «comunidad de sufridores» autónoma.
– La fragmentación como estrategia: La lógica del esencialismo identitario nos dice: «tú, como negro, lucha contra el racismo; tú, como mujer, lucha contra el patriarcado; tú, como trabajador, lucha contra el capital». Cada lucha es legítima, pero el esencialismo las clausura en compartimentos estancos. El problema no es la existencia de estas luchas, sino que el esencialismo las despoja de su carácter interseccional y sistémico, impidiendo que se articulen en un frente común. Es el divide et impera del siglo XXI, ahora con etiquetas de progresismo.
– El «lugar de habla» como muro: Cuando el «lugar de habla» se extremiza hasta el veto («vos sos blanco, no opinás»), lo que se logra es clausurar el debate y, sobre todo, impedir la solidaridad activa. La lógica debería ser: «Tu voz, como blanco, debe interpretarse desde tu lugar, pero puedes y debes ser aliado». Pero el esencialismo prefiere el aislamiento, porque el aliado potencial es más peligroso para el sistema que el enemigo declarado. La solidaridad se vuelve sospechosa; la fragmentación, virtud.
– El pobre de derecha (Jessé de Souza) y la resistencia de la izquierda: La negativa de cierta izquierda a aceptar la caracterización de Jessé de Souza sobre el «pobre de derecha» es un síntoma de esencialismo de clase. No pueden concebir que un trabajador vote contra sus intereses materiales porque su subjetividad está colonizada por valores que la derecha le ofrece. Esta ceguera no es ingenua; es funcional al sistema, porque abandona al pobre a la seducción del fascismo. Como decía el cartel: liberación o dependencia, y la izquierda que esencializa la clase está, sin saberlo, del lado de la dependencia.
2. La contradicción fundamental: imperialismo vs. dependencia
La crítica al determinismo estructura-superestructura (Gramsci) y a la falsa universalidad de la filosofía griega (Dussel) se potencia cuando la ponemos al servicio de la crítica de la dependencia.
– La ventana de Overton y la hegemonía cultural: La ventana de Overton demuestra que la lucha no es solo por las leyes, sino por lo que la sociedad considera «pensable». Así, conceptos que empiezan desde la periferia, por más ridículos que puedan parecer HOY (como que las mujeres deleguen el voto en los maridos, como apareció últimamente), si no son combatidos mañana pueden parecer “normales”. Pero además tenemos que pensar: ¿cómo nacen esos pensamientos extremos? O, mejor dicho: ¿quién mueve la ventana en el Sur global? No son las fuerzas internas de clase, sino las usinas imperiales que, a través de las bigtechs y los nuevos tecnócratas, imponen su sentido común como global.
– La «universalidad» como herramienta de colonización (Dussel): Todo pensamiento, por más que se presente como “universal”, es, en última instancia, fruto de saberes creados o refrendados por universidades de no más de 5 países en el mundo. Pero esa universalidad es la del colonizador. La crítica decolonial nos exige provincializar esa razón y reconocer otras epistemologías. La lucha de clases, en este marco, no puede ser la categoría suprema si no se articula con la lucha contra la colonialidad del saber y del ser. La universalidad abstracta es otro engranaje que nos aplasta.
– Min en Vietnam y Mao en China: la clase no es lo primero: La experiencia de Min (en la guerra de Vietnam) y de Mao (en la revolución china) demuestra que la lucha de clases no es la contradicción principal en una sociedad semicolonial o dependiente. La contradicción principal es la lucha contra el imperialismo y por la liberación nacional. Reducir todo a la lucha de clases es un eurocentrismo que invisibiliza que, en el Sur global, el enemigo principal no está dentro de la fábrica (el patrón local), sino fuera (el imperio que controla los términos del intercambio, la deuda y la tecnología).
Por eso, todas las luchas (clase, género, raza) son accesorias de la lucha principal contra el imperialismo. No son «supremas»; son momentos de una totalidad que el esencialismo oculta. Dos intelectuales imprescindibles nos ayudan a entenderlo:
– Ramón Grosfoguel y los «coloniales decoloniales«: Grosfoguel ha denunciado con lucidez que no todo lo que se vende como «decolonial» lo es realmente. Existen «coloniales decoloniales», es decir, discursos que se apropian del lenguaje de la liberación pero que, en el fondo, son funcionales al colonialismo. ¿Cómo? Precisamente, esencializando identidades, fijando sujetos en sus diferencias y evitando que se articulen contra el sistema-mundo capitalista/patriarcal/colonial. El esencialismo identitario, incluso cuando se viste de «decolonial», puede ser el caballo de Troya del imperio: fragmenta, aísla y neutraliza.
– Atilio Borón y la contradicción fundamental (raza vs. imperialismo): Borón relata una anécdota clave: al llegar a EE.UU., mantuvo largas discusiones con un intelectual del movimiento negro norteamericano sobre cuál era la contradicción fundamental. El estadounidense sostenía que era la raza; Borón defendía que era el imperialismo. Años después, el norteamericano reconoció que Borón tenía razón. Esta anécdota no niega la brutalidad del racismo, pero la sitúa en su justo lugar: el racismo es una herramienta del imperialismo, no su causa ni su esencia. Reducir la lucha a la raza es perder de vista que el sistema que produce racismo, patriarcado y explotación de clase es el mismo: el capitalismo dependiente y global.
– El divide et impera del siglo XXI: Nos dividen en «comunidades de sufridores»: oprimidos por el racismo, por el machismo, por la homofobia, por la precariedad. Cada grupo lucha por su reconocimiento, y en esa fragmentación, el verdadero enemigo —el sistema-mundo que nos expolia a todos— queda impune. El esencialismo es el distraccionismo perfecto: nos hace creer que el problema es el otro oprimido (el hombre, el blanco, el cis) y no el capitalismo dependiente y tecnofeudal que nos usa a todos como combustible.
– El tecnofeudalismo (Varoufakis) y la nueva cara del imperio: Aunque no guste el término, Varoufakis acierta al señalar que las bigtechs no operan como el capitalismo industrial clásico. Son nuevos señores feudales que extraen tributo (datos, atención, subjetividad) de toda la humanidad, pero especialmente de la periferia. Los tecnócratas de Silicon Valley son los nuevos virreyes de un imperio sin colonias formales pero con colonias digitales. La dependencia ya no es solo económica (intercambio desigual); es tecnológica, cognitiva y simbólica. Quien controla los algoritmos, controla el sentido común. Quien controla la nube, controla la soberanía.
– Y el marxismo ingenuo: Al poner la lucha de clases como categoría máxima y aislada, el marxismo vulgar se vuelve funcional a este nuevo imperialismo. Porque al centrarse en la relación patrón-obrero local, desatiende que el patrón local es, a su vez, un subordinado del sistema financiero y tecnológico global. La lucha de clases, sin la lucha antimperialista y anticolonial, es una lucha por migajas dentro de un sistema que no se cuestiona. Es otro engranaje que gira en falso.
– El abandono de Lenin y la lucha anticolonial: La segunda mitad del siglo XX vio cómo buena parte de la intelectualidad marxista europea, especialmente la francesa y la anglosajona, abandonó sistemáticamente la tradición leninista y la lucha anticolonial. Lenin había sido claro: el imperialismo era la fase superior del capitalismo, y la lucha por la liberación nacional en la periferia era parte central de la lucha revolucionaria. Pero los marxistas occidentales de la posguerra, cómodos en sus cátedras y en sus centros de pensamiento, prefirieron olvidar esa enseñanza incómoda. No solo abandonaron a los pueblos en lucha; también abandonaron, en gran medida, la propia lucha de clases como categoría central de análisis.
El giro al «micropoder» y otros distraccionismos: En lugar de analizar el sistema-mundo, el imperialismo y la dependencia, estos intelectuales se volcaron al estudio del «micropoder»: las relaciones de poder en la fábrica, en la escuela, en el hospital, en la sexualidad. Foucault, Deleuze, Guattari y toda una pléyade de teóricos franceses (con el debido respeto a su obra) produjeron análisis brillantes pero despolitizados en su efecto práctico: al centrarse en lo micro, perdieron de vista lo macro. El sistema financiero global, el FMI, el Banco Mundial, las guerras de la periferia, el intercambio desigual: todo eso quedó fuera del foco. Y ese vacío no fue inocente.
El dinero del imperio y la pompa académica: Muchos de estos intelectuales, y las corrientes que fundaron, fueron funcionales al imperio de una manera muy concreta. No hace falta hablar de conspiraciones; basta con seguir el dinero. La Fundación Ford, la NED (National Endowment for Democracy), la CIA a través de sus múltiples frentes culturales, y otras agencias de financiación del imperio, bombardearon con recursos a aquellas corrientes teóricas que, sin ser abiertamente conservadoras, resultaban inofensivas para el sistema. Una teoría que analiza el poder en el consultorio psiquiátrico o en la prisión, pero que no cuestiona el poder del Pentágono, de la banca global o de las bigtechs, es una teoría neutralizada. Y una teoría neutralizada es, en los hechos, una teoría funcional al orden establecido.
– El marxismo ingenuo y el micropoder, dos caras de la misma moneda: El marxismo ingenuo que reduce todo a la lucha de clases local y el posmodernismo que sólo ve el micropoder son, paradójicamente, hermanos siameses. Ambos comparten un mismo pecado original: abandonar la contradicción principal, la lucha antimperialista y anticolonial y, por lo tanto, funcionales al sistema. El primero, porque lucha por migajas dentro del capitalismo; el segundo, porque lucha por transformar subjetividades individuales sin tocar el sistema que las produce. Y ambos han sido, en mayor o menor medida, financiados, promovidos y celebrados por el imperio para mantener a la izquierda ocupada en guerras secundarias mientras el enemigo principal sigue intacto.
3. El giro simbólico: la colonización de la subjetividad y la era digital
Lo simbólico es el campo de batalla donde la dependencia se vuelve carne y deseo. Dos aportes clave:
– La colonización de la subjetividad (Nora Merlin): No solo se colonizan territorios y economías; se colonizan los deseos, los miedos y los afectos. El imperialismo actual no necesita ejércitos permanentes; necesita que un joven de la periferia desee ser un influencer, que una mujer asuma como natural la sumisión, que un trabajador se sienta más identificado con un empresario de su país que con un obrero de otra nación. La subjetividad colonizada es el mayor activo del imperio.
– Ya no se vota con la heladera, se vota con el celular: La gente no existe solo en su condición material; existe en las redes. La heladera (la economía) es importante, pero el celular es la ventana al mundo, la fuente de reconocimiento y el lugar donde se construye la identidad. Perder la batalla del relato en TikTok, Twitter o Instagram es perder la batalla por la hegemonía. La nueva dependencia es digital: nuestros datos, nuestra atención y nuestros afectos son el petróleo del siglo XXI. El esencialismo, al fragmentarnos en nichos identitarios, es el algoritmo perfecto para que nunca nos organicemos como clase global o como pueblo colonizado. Los engranajes de la imagen son, hoy, algoritmos.
Conclusión: La articulación como praxis (contra el distraccionismo)
El esencialismo (identitario, economicista o academicista) es el funcionario del mes de la manipulación cognitiva porque nos impide ver el bosque: la dependencia imperialista como contradicción principal.
– La lucha de clases no es suprema, es necesaria pero insuficiente. Debe articularse con la lucha antirracista, antipatriarcal y, sobre todo, antimperialista. Como bien señala Borón, la raza es una herramienta del imperialismo, no su esencia.
– El «lugar de habla» no es un veto, es un punto de partida. La solidaridad entre diferentes no es posible si cada grupo se encierra en su esencia. Grosfoguel nos alerta contra los «coloniales decoloniales» que, bajo la apariencia de liberación, perpetúan la fragmentación.
– La hegemonía no se gana solo en la fábrica, sino en las redes, en la escuela y en los afectos. La ventana de Overton se mueve con discurso, pero también con la ocupación de los nuevos espacios digitales.
– La posibilidad de cambio no pasa por sustituir un esencialismo por otro, sino por articular las contradicciones en una estrategia común. El enemigo no es el blanco, ni el hombre, ni el patrón local; el enemigo es el sistema-mundo que nos expolia, que nos fragmenta y que nos coloniza la subjetividad para que nunca nos juntemos.
El cartel que acompaña la imagen no es un epitafio, es un grito de batalla:
«LIBERACIÓN O DEPENDENCIA: NUNCA MÁS ACTUAL»
La tarea del pensamiento crítico en el Sur global es desenmascarar ese distraccionismo, mostrar que el divide et impera se aplica hoy con etiquetas identitarias y que la única salida es una praxis articuladora que, sin negar las opresiones específicas, las subordine a la lucha común por la soberanía, la justicia cognitiva y la liberación del yugo imperial.






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